Tolkien, Stieg Larsson y los dramas que esconde la propiedad intelectual

Tolkien, Stieg Larsson y los dramas que esconde la propiedad intelectual

20 de diciembre del 2013

@ManuelMairal

Dicen que, detrás de toda gran película, se esconde un gran libro. Detrás de un gran libro, un gran escritor. Y, en numerosas situaciones, grandes historias.

¿A quién no le gusta un buen libro o una buena película? Historias que nos hacen sentir, aprender, evadirnos… Sin embargo, no siempre es maravilloso lo que se esconde tras ellas. Problemas de comercialización, copyright, herencias… en definitiva, los problemas que usualmente derivan de la propiedad intelectual de la obra en cuestión.

Pero ¿qué son exactamente dichos derechos de propiedad intelectual? Según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, propiedad intelectual es toda creación del intelecto humano. Dichos derechos se encargan de proteger a los autores de las creaciones artísticas, cinematográficas o literarias a través del Registro de la Propiedad Intelectual.

A la hora de explotar dichos derechos se producen diversas convergencias y conflictos. Un caso sonado, que ha traído cola y que, a día de hoy, sigue en controversia, son los derechos de explotación de la obra literaria de Tolkien, el creador de la Tierra Media y de obras tan populares como “El Señor de los Anillos” o “El Hobbit”. Dirigidas por el realizador neozelandés, Peter Jackson, y estrenadas entre 2001 y 2003, la adaptación audiovisual de la más famosa obra de Tolkien ha recaudado en torno a más de tres mil millones de dólares en todo el mundo. Y los herederos del escritor británico, de origen sudafricano, no han cesado de entablar pugnas legales contra la productora cinematográfica, alegando no haber visto un solo centavo de dicha recaudación. En concreto, una demanda de más de ciento cincuenta millones de dólares que se le reclama a New Line Cinema, compañía que produjo las exitosas películas y a las que acusaron de una codicia desmesurada.

El conflicto fue más allá del aspecto económico, hasta el punto de que trataron de privar a la compañía de producir más películas basadas en la obra del autor sudafricano, lo que provocó el retraso de la adaptación de la precuela de las anteriores películas, “El Hobbit”, actualmente en cartelera, durante varios años. Y nunca han terminado las divergencias entre ellos; indignados ante la comercialización de la imagen de los personajes de Tolkien en casinos y webs online, los herederos acusan ahora a la productora de violar el contrato de comercialización de las películas, puesto que sólo incluían comercialización de productos de soporte material (para que nos entendamos, camisetas, figuras, tazas etc.) y reclamaron el pasado 2012 más de ochenta millones de dólares a la Warner.

Más escabrosa resultó la historia del fallecido Stieg Larsson, mundialmente famoso por haber escrito la trilogía “Milennium” y haber fallecido, penurias del destino, justo antes de verlas publicadas y de haberse convertido con rapidez en un best-seller internacional. El escritor sueco llevaba conviviendo treinta dos años con su pareja sentimental, Eva Gabrielsson. Debido a su profesión (Larsson era periodista e investigaba los grupos radicales de ideologías extremas) decidieron no contraer matrimonio, con objeto de protegerla de amenazas e influencias externas. Esta decisión, desemboca en una situación insólita: una obra literaria que genera ganancias por más de veinte millones de dólares y la mujer que compartió su vida con el autor no goza de derecho alguno sobre dicha fortuna. Y no sólo eso, sino que, a día de hoy, sigue envuelta en disputas legales con el hermano y el padre del escritor, con quienes el autor no tenía relación desde hacía años, por administrar el legado literario de Larsson. ¿El resultado? Un nuevo escritor continuará con las hazañas de Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist, a pesar de no contar con el beneplácito de la persona que mejor conoció al autor en vida y de alegar que atenta contra los derechos de propiedad.

Grandes historias, sin duda, que se esconden tras nuestras obras favoritas. Pero, a diferencia de ellas, no suelen tener un final feliz para los buenos. Una pena.

Manuel.

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