Bibliocausto

Bibliocausto

13 de marzo del 2014

@ManuelMairal

“La quema de libros, es lo peor que le puede pasar al ser humano”. Dicho argumento, defendido por diversos historiadores, tiene cabida en el análisis histórico sobre los bibliocaustos o, expresado de otro modo, sobre las célebres, a la par que infames quemas de libros. Regímenes dictatoriales, religiones, monarcas… todos temían el poder que la palabra escrita podía suscitar entre las masas a las que pretendían gobernar.

Dichos sistemas se han caracterizado siempre, entre otras cosas, por el control absoluto de la información y de los medios de comunicación, y, en concreto, por la eliminación de todo aquello que no se ajusta a sus parámetros.

¿Por qué prenderle fuego a un libro? ¿Por qué no, simplemente, prohibir su distribución, requisar sus copias o destruir manualmente dichos volúmenes? El fuego, opinan muchos, tiene un valor ritual. El fuego, elemento tan útil, a la par que destructivo, tiene un componente que convierte la censura en algo místico, le da un valor religioso y aterrador a su vez. Con el fuego, pretendes borrar por completo la obra en cuestión, su palabra, y reducirla a meras cenizas, y dar a entender que dichas obras son malignas y deben arder en la hoguera, lo que envía un mensaje al mundo de que lo que haces es por el bien de la humanidad. “La humanidad ha evolucionado” que dijera Sigmund Freud. “Hoy queman mis libros. Hace siglos, me habrían quemado a mí”.

Uno de los más célebres fue el bibliocausto de la Alemania nazi, bibliocausto que supondría un simple prólogo del genocidio y la barbarie que sobrevendrían después. Durante aquel periodo, la Ley para la Protección del Pueblo Alemán restringió la libertad de prensa y definió los nuevos esquemas de confiscación de cualquier material que fuera considerado peligroso. Al día siguiente de la promulgación de dicha ley, las sedes de los partidos comunistas fueron atacadas salvajemente y sus bibliotecas destruidas. Días más tarde, el Parlamento Alemán fue incendiado, junto con todos sus archivos. El 28 de Febrero de 1933, la reforma de la Ley para la Protección del Pueblo Alemán y el Estado, legitimó medidas excepcionales en todo el país. La libertad de reunión, la libertad de prensa y la de opinión, quedaron restringidas. Todo esto sería el preludio de la quema de cientos de ejemplares cuyo contenido quería el régimen nazi eliminar.

A día de hoy, no dejamos en muchas ocasiones de asistir a modernos bibliocaustos, por muy sorprendente que pueda resultar. No con fuego, pero sí con propaganda y con grupos de presión. No obstante, hoy en día, con el avance de la tecnología y de la comunicación, es prácticamente imposible restringir la información a nivel global. Por no hablar de que, en numerosas ocasiones, se consigue el efecto contrario, puesto que cuando se prohíbe algo se produce un notable incremento del interés de la gente en lo prohibido. Un gran ejemplo es el famoso y controvertido “Código Da Vinci”. De dudosas referencias históricas, y con un contenido abiertamente anti católico, la Iglesia Católica trató de evitar por todos los medios de que la gente leyera la obra, lo cuál produjo el efecto contrario; el Código Da Vinci se convirtió en un best seller mundial, vendió más de cinco millones de ejemplares en todo el mundo y fue adaptada al cine por Ron Howard.

Lo interesante del tema es cuando se pone en duda la ilegitimidad de la censura. O lo que es lo mismo, cuando lo que se censura es moral y éticamente reprobable. Hoy día, es prácticamente imposible encontrar un solo ejemplar de “Mein kampf” (“Mi lucha” en alemán), obra escrita por Adolf Hitler en la que hace apología de su ideología nacionalsocialista. La controversia no ha dejado de tener cabida, toda vez que es casi imposible encontrar un ejemplar en bibliotecas de dicha temática. Incluso el propio Gobierno Federal Alemán se opone a su edición en la propia Alemania. La pregunta es: ¿es legítima la censura (o el bibliocausto) cuando el contenido que se pretende censurar es, por todos acordado, algo moral e ideológicamente deleznable? Cada uno tendrá su propia idea. ¿La opinión de un servidor? No, nunca. Un bibliocausto jamás debería ser legítimo. “Cuando le cortas la lengua a alguien, no demuestras que esté mintiendo, sino que no quieres que el mundo oiga lo que tiene que decir”, como diría cierto personaje de ficción. La palabra se combate con palabra, no con fuego.

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